viernes, 1 de agosto de 2008



Una mujer partida en dos


Fabián, 1 de Agosto de 2008
Una semana en la que he estado re-partido entre dos mujeres: La señora Forrester (de la novela “una dama perdida” de Willa S. Cather) y Gabrielle (de “una mujer partida en dos” de Claude Chabrol). Si hubo una tercera mujer me reservo el comentario.

La primera de las mencionadas, una señora aristocrática que “enamora” al protagonista en sus años juveniles y que, con el correr del tiempo y a través de actitudes que parecieran no corresponder con la imagen que de ella se había formado el joven, termina produciéndole un desencanto y posterior alejamiento. Esa es la dama perdida. Una pequeña historia de amor y pérdida que se desarrolla en paralelo con el avance violento de “la modernidad” que comienza a impregnar con sus códigos la forma de vida tradicional.

La pérdida y la nostalgia tienen que ver, si acudimos a la mitología, con el paraíso perdido.

En cuanto a la angelical Gabrielle, a nadie -a la crítica me refiero- le parece relevante, ni emblemático, que la protagonista de La fille coupée en deux (Claude Chabrol – 2007) se llame de esta manera (acaso por el Arcángel Gabriel) y que anuncie el pronóstico meteorológico por TV (Gabriel es uno de los Mensajeros de Dios, es quién “anuncia” a María su inmaculada concepción).

Si prestamos atención al inicio, veremos que la película comienza con una subjetiva, virada al “rojo”, lograda desde el interior de un automóvil que avanza por un camino principal (¿Es un capricho del director? ¿No hay nada que debamos deducir a partir de esta particular elección de colores?). De pronto el camino se divide en dos y el conductor escoge una de las dos alternativas posibles para continuar su viaje.

El tema es el doble. La pérdida de la unidad (la caída, la expulsión del Paraíso) Invito a contar –y recontar- todo “lo doble” que aparece en la película para luego preguntarnos el por qué de tantas dualidades.

La película termina con Gabrielle “partida en dos” por una potente sierra circular para, finalmente, lágrimas de iniciación mediante, ser reconstruida y hacer el saludo de rigor al público de la función circense. Recuperada la unidad perdida, explícitas imágenes angelicales acompañan y ornamentan –innecesariamente- el final.

Chabrol, es sabido, apunta siempre sus cañones contra la burguesía. Nuestros “cronistas de espectáculos” pretenden ver una crítica social allí donde hay una postura filosófica. La burguesía, en todos los casos, tiene estricta relación con lo que acabo de enunciar.

Recurro a Leon Bloy (tal vez ayude a comprender el sentido de la obra):

“El verdadero burgués, vale decir –en un sentido moderno y tan general como es posible- el hombre que no hace ningún uso de la facultad de pensar y que vive o parece vivir sin sentirse un solo día solicitado por la necesidad de comprender cosa alguna…”

“Tradicional e instintivamente Pilatos es su héroe preferido. Ningún otro personaje habla como él a su corazón. Lo siente en sí mismo como su prototipo, aunque es probable que no sepa muy bien la historia de éste ni se haya enterado de la causa de ese célebre lavamiento. ¿Para qué, después de todo? Tiene otras cosas que hacer.”

“No es posible vivir sin dinero. Cuando se carece de él hay que apoderarse forzosamente del ajeno. Lo cual, por otra parte, puede hacerse con mucha lealtad.

-yo no obligo a nadie- hace observar amablemente un prestamista al ciento cincuenta por ciento-, pero es necesario que el dinero trabaje, y tengo mis riesgos.

…Hay multitudes que revientan en las usinas y en negra catacumbas para que las vírgenes engendradas por exquisitos capitalistas puedan exhibir ufanas la misteriosa sonrisa de la Gioconda. ¡Y a eso se llama hacer trabajar el dinero!”

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Algún día Gabrielle “anunciará” “buen tiempo”. Un tiempo en el cual todos dejemos de ser hombres y mujeres partidos. La burguesía –en el formato en que se presente- es el demonio a vencer. Lo dice Chabrol. Lo dijo León Bloy.